17 jul. 2014

Enyd. 4.

Pasaban los días, probando de hacer que la memoria de la chica fallara en algún momento, haciendo así que olvidara cada uno de los rasgos de aquel individuo. Su pelo corto, sus oscuros ojos, tenebrosos pero a la vez agradables como el cielo estrellado, negros. Esos labios que tanto le llamaban, delicados, no muy resultantes, pero si rosados y adorables. La barbita descuidada que llevaba, el pelo rapado...
No había hablado con nadie sobre él, ni lo haría. Sería su pequeño secreto, aquel que guardaría a lo largo de su vida. ¿Le volvería a ver? Estaba deseando enfrentarse a ese descarado, de nuevo. El golpe que le propinó días antes le había dejado tocada la mano, y aún podía sentir el impacto en ella.
Varios toques la sacaron de sus pensamientos, y la trajeron al mundo real.
- Enyd, pequeña, deberías salir un rato- dijo Elisse, su amada abuela-, no puedes pasarte los días en casa.- se sentó junto a ella, en la cama, haciendo que se hundiera un poco más de lo normal, y le acarició la pierna, creando un delicado cosquilleo- Desde aquel paseo al bosque no has salido...- Aquella mujer era única, podía sentir en sus propias carnes lo que sus seres queridos sentían. Ella estaba confusa, ¿qué ocurría con aquel hombre?
- Tranquila, esta tarde iré al parque, necesito distraerme un poco- dijo añadiendo una sonrisa, probablemente aquello calmaría su desazón.
La mujer se movió un poco, haciendo que con ella se desplazara todo. Desde que Enyd la conocía había estado algo... ''Rellenita'' como decía, pero era encantadora. Adoraba abrazarla cada mañana, el como se despedía cada noche besándola la frente, como si no fuera más que una cría. Jamás encontraría a nadie igual. Estaba orgullosa de poder contar con una persona así.
- Esta bien, pero más te vale contarme que te pasa- dijo intentando parecer molesta-, sino, tu verás.
Enyd no pudo evitar reír, aquellas amenazas eran la cosa más tierna que pudiera existir sobre la faz de la tierra.
- Sí, señora.
- Déjate de mofas, señorita, o tendré que enfadarme de verdad.- dijo regañándola.
Se levantó de la cama, y al quitar tanto peso de encima hizo que la muchacha cayera de bruces contra el suelo.
- ¡Oh! ¡Lo siento!- la anciana corrió hasta el otro lado del catre, socorriendo a la joven.- ¿Estás bien?
- Sí, sí...- se pasó la mano por la cabeza, se había dado un buen topetazo.
- Ven, te pondremos un poco de hielo- dijo mientras tiraba de su mano, para que se pusiera en pié.
La llevó a la cocina, la sentó en una silla. Abrió el congelador y empezó a rebuscar entre lo que allí había, hasta que encontró la bolsa helada.
- Bien- dijo envolviendo el saco en un paño-, toma, ponlo en la frente.

Diez minutos después, tenía toda la piel roja, a causa del frío que traspasaba la tela.
- ¿Puedo quitarme esto ya?- dijo sin ganas.
- Déjalo un rato más, no te cuesta nada.
La miró con mala cara, pero hizo lo que le decía, era por su bien, eso siempre iba a ser así. Pero no tardó mucho en cansarse, otra vez.
- ¿Y ahora?
- Esta bien, deja eso ahí encima- señaló la encimera, y salió de la cocina-, no te muevas, ¿eh?- gritó desde el pasillo.
No tardó mucho en llegar. En las manos llevaba una hoja de aloe, era capaz de untarlo en cualquier lado, según ella, era bueno para todo. Lo cortó por la mitad, y con la mano sacó esa especie de ''baba'' que lleva por dentro, le puso un poco por la frente y el resto se lo echó por los brazos.
- ¿Ves? Esto es muy hidratante, ¿qué te crees que llevan las cremas?
- Esta bien, abuela. Tienes razón.- dijo aprobando lo que decía, ya fuera para salir de allí o para que la dejara tranquila con ese tema, habían discutido centenares de veces sobre el asunto y era constantemente lo mismo.- Vuelvo arriba, en un rato vengo.

Esta entrada es algo más... Cotidiana, humana, y tranquila, ¿no? ¿Qué os parece?

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