1 ago. 2014

Enyd. 7.

El muchacho le respondió con lo mismo, una amplia sonrisa que dejaba ver esos hermosos dientes blancos bien colocados. ¿Serían así desde que era pequeño o habría llevado brakets? Enyd no podía dejar de pensar en cientos de cosas, algunas menos importantes que otras, pero la gran mayoría dedicadas a él.
- Yo...- hizo una pausa sin saber bien como seguir y dijo-, muchas gracias...
Miró la manta que la cubría, agachó la cabeza y dejó que el pelo le volviera a caer como si fuera una cascada de agua, haciéndola inmune a todo. El joven se sentó a su lado, pudo notarlo en la nueva tirantez que había en la tela, pero también lo hizo cuando él pasó sus manos por el pelo de ella, colocándoselo tras la oreja, para así poderla ver mejor.
Clavó sus oscuros y profundos ojos en los de la muchacha, haciendo que se sintiera algo nerviosa, estudiando sus rasgos.
- No hay de que, será mejor que empieces o se le irá la vitamina al zumo- dijo con un tono autoritario, aunque al mismo tiempo dulce.
No dijo nada, se quedó callada, era lo que mejor se le daba en momentos como aquel, a pesar de que no es que hubiera vivido muchos. Tomó una de las tostadas, le dio un mordisco y saboreó la mermelada que llevaba por encima.
Su abuela acabaría por matarla por desaparecer así, ¿cuantas horas había dormido? ¿Habían sido horas o minutos? ¿Tal vez días? Necesitaba respuestas. Iba a abrir la boca para hablar cuando él la mandó callar.
- Come, y ya esta.
¿Pero eso que era? ¡Ni que fuera el rey del mundo y pudiera ordenar a cualquiera!
- Pero...- solo se le ocurrió decir aquello, no más reproches, no de momento.

No pudo acabarse toda la comida, era demasiado para ella. Así que el misterioso ángel la ayudó un poco, comiéndose el resto que quedaba.
Lo había hecho con tal delicadeza que a la muchacha se le había caído hasta la baba viendo la dulzura que ponía para degustar aquel simple manjar. Tras acabar se quedó mirándola, con esos pozos sin fondo que tenía por ojos, hermosos y únicos.
- ¿Cómo te encuentras?- dijo preocupándose por ella.
¿Por que lo hacía? Días antes no había hecho más que despreciarla y pasar olímpicamente de ella.
- Bien, estoy bien, pero quiero irme.
Se levantó de la cama, y sacó el teléfono de dentro del bolso, miró la pantalla, solo habían pasado algo más de tres horas y aún su abuela no se había preocupado por ella. ¡Suerte!
- Aún no puedes irte.
- ¿Cómo que no? Me iré cuando quiera.
Se acercó a la puerta, y cuando fue a abrirla él apoyó una de sus fuertes manos en ella para que así no pudiera marcharse a ningún lugar.
- Si te vas, iré contigo, no puedo dejar que te desvanezcas otra vez por ahí sola.
- Voy a salir, ya sea por la puerta o por la ventana, tu mismo.
La miró con mala cara, puso los ojos en blanco y abrió la puerta, dejando que pasara Enyd por delante de él.

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